lunes, 7 de abril de 2014

Carta a la cuadrilla femenina de Ronda

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Lo que empezó siendo un sueño para algunas, una preocupación para algunos, y un reto para otros tantos, va culminando poco a poco. De hecho esto ya se ha acabado. No piensen ustedes que lo que queda por venir es lo mejor del mundo y que la Semana Santa es la cima, donde hay que estar nerviosos/as y no dormir la noche anterior por temor a hacerlo mal.

Habéis reído, y algunas lloraréis. Sí, lo haréis.
Algunas habéis sufrido pero más aún disfrutaréis.
Os habéis encorajado, pero también llevaréis buenas amigas.
Habéis comido, bebido, cocinado y servido haciendo Hermandad y dando testimonio de ello.

Cuando escuchéis a alguien decir que llega la Gloria, quiero que quede entre vosotras y yo que vosotras ya la habéis saboreado.


Con arrojo y valentía, dejando algunas casas sin cena o hijos sin besar antes de que se duerman, mis respetos señoras. Queridas jóvenes que en vuestra envidiable edad aún no habéis reparado en eso, contemplad el ejemplo. Eso es querer llevar a vuestra Virgen.

Riñones bien fajados, costales a la ceja y colocados sobre la columna. La vértebra de Dios hará el resto. ¿Que suponen unos cuantos kilos cuando muchas de vosotras habéis ya incluso parido?

Eso es Semana Santa corazones míos. Vivir con intensidad la espera, esa Bendita Espera de convivencia, de Fe, de Dolor que no es amargo, y de ganas. No penséis que queda lo mejor, porque sólo es un día más. Dejad los nervios fuera, que lleváis la lección bien aprendida.


La misma lección que vais a dar a más de muchos, que misóginos ellos, sólo reían en bares sobre la absurda posibilidad de que lo intentarais siquiera. La lección que vais a dar sonará durante tanto tiempo, que esos ruines bocazas amparados en sus propios delirios de grandeza cambiarán su discurso con la cara ruborizada, diciendo que desde siempre os apoyaron.

No temáis mis pequeñas, que nosotros, un pasito por delante ( valga la expresión únicamente porque vamos en el paso que os precede) os mimaremos y vigilaremos como el hijo que llevamos a hacer estación gloriosa, mira con cariño a la madre que lleváis vosotras.

No tengáis nervios porque habéis demostrado con creces que podéis hacerlo. Una vez hecho en ensayos, se hace igual con los faldones puestos.


No puedo ser objetivo porque mi vida entera va entre vosotras. Pero conozco bien el caso cuando nos hemos llevado a casa la satisfacción de vuestros ensayos, la rabia de lo que no ha salido, la angustia cuando se hacían los primeros recuentos, y últimamente, el deseo de que los ensayos fueran más largos porque queríais más y más.

Disfrutad de vuestro último ensayo, que el Domingo de Resurrección no os dará tiempo a saborearlo.

Un ferviente admirador










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